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TOÑÍN
TOÑETE
(o la historia de
Antonio Rollerkiller)
Toñín
era un niño niñete con años dicisiete que solía
ripar con su patinete. Llevaba 2 abriles destrozando bordillos y asustando
viejas, más su ilusión era saltarse un camión de
kisflistufeki. Soñaba con skateparks de caramelo y con dejarse
largo el pelo, pero sus padres no le dejaban y siempre le atormentaban:
-Toñín, eres un caso perdido, ¿no te da vergüenza?-
le decían. Pero Toñín seguía y seguía,
y hacía ollies más grandes cada día.
Toñín
Toñete salió un día con su patinete. Estaba de muy
mala leche. Grande fue su sorpresa al llegar a la pista. Sus colegas no
aparecían y los crujidos de tabla no se oían. -¿Qué
coño pasa?- se dijo Toñete. -¿Es acaso el fin del patinete?-.
Lo único que allí había eran 20 seres extraños
con alineadas ruedas en los pies. Había público en abundancia,
más Toñín solo despertaba repugnancia.
Haciendo un
alarde de pelotas y huevos Toñete subió a la rampa esquivando
las punzantes miradas de aquellos individuos ruediformes.
Toñín
babeaba de rabia.
La ocupación
de la rampa por parte de aquellos seres rodantes despertaba en él
sus más ancestrales instintos de odio y violencia. Y es que no
era para menos, pues 4 eran los que a la vez se deslizaban de arriba a
abajo y de abajo a arriba en aquellas piedrocurvas encopingadas que Toñín
siempre consideró suyas y de su tribu de aggroskaters.
Gracias a las
flemas esparcidas por la rampa que a borbotones salían de la boca
de Toñín, uno de estos especímenes desconocidos tuvo
la suerte de saborear ese delicioso manjar, por todos conocido, llamado
coping, dejándose en su acción una preciosa pieza de marfil
que más tarde echaría de menos (al sonreir).
Apenado por
la pérdida e intentando animar al chaval, Toñín le
dijo: -Jódete!!!-, y aprovechando la confusión que flotaba
en el ambiente turolero, se lanzó de drop-in no sin antes grindar
disimuladamente el occipital de la víctima desdentada.
Toñín
su ronda empezó y la atención del público despertó,
pues los rurales sonidos de su tabla junto con el vibrar de los copings
del psico-spine, se introducían retorcidamente en los sucios y
cerosos pabellones auditivos de los allí presentes, causando así
un silencio sepulcral en el lugar, únicamente roto por las sonoras
emanaciones procedentes de los aggrotrucos de nuestro heroe.
A pesar de la
"penosa" pérdida de uno de sus compañeros, los
más valientes de entre aquella horda de vándalos dexlizantes
y dexcontrolados continuaban ocupando la pista sin control alguno, pues
7 eran los que esta vez intentaban desmoronar los ya bajos ánimos
de Toñín, dirigiéndose hacia él a toda velocidad.
Toñín
les vió las intenciones y se lanzó hacia ellos (cual águila
a ratón), pensando: -a tomar por culo, cabrones-, y a base de movimientos
ondulantes y ovaloides logró hacer el snaking más heavy
que en su puta vida habían visto aquellos malintencionados seres
de polietilenizadas ruedas alineantes o alineadas.
La desgracía
se cernía en el ambiente, y Toñín de ello era consciente,
sin imaginarse que dentro de poco se llevaría por delante otro
incisivo y amarillento diente.
Al ver pista
libre y descubierta de fangosos y tremebundos "pies de plástico",
no dudó en aprovechar el impulso conseguido en el snakeo anterior
para volar de frontside ollie y ya de paso arrancar de cuajo el vecino
y segundo diente del agazapado y cuatropatoso pardillo (que aún
andaba buscando el otro).
Toñín
acabó orgulloso su ronda (y con 2 dientes de recuerdo).
Al ver que las
punzantes miradas se habían transformado en amenazadoras, nitroglicerinosas
y destructivas, Toñín decidió que irse era la opción
más coherente, pues no estaba el horno para bollos. No estaba dispuesto
a pillar la del pulpo.
Recogió
sus bártulos y entre la frondosa puesta de sol y los alegres cantos
de los pajarrakos que revoloteaban por el estanque, dejó volar
su repugnante imaginación y pensó que de nada servía
aprender nuevos trucos si no le dejaban patinar como Dios manda en su
propia rampa.
A partir de
ese día, el inocente Toñín Toñete se convertiría
en Antonio Rollerkiller, el más salvaje y destructivo skater de
esta korrupta ciudad (Karcelona), que cada vez está más
y más plagada de manadas de rollers.
Actualmente,
Antonio Rollerkiller se dedica a escribir fanzines y repartir pizzas.
Pero su objetivo prioritario es tener un collar de dientes de roller.
LA
NOTA: en Av. Icaria (Villa olímpica de bcn, se instaló un
half-pipe para una demo de rollers y no dejaron patinar a ningún
skater)
Por
kike y bbc
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