Publicado en abril de 1996 en el fanzine "100% SARNA", debido a la invasión roller del turó park de BCN.
 
 
TOÑÍN TOÑETE
(o la historia de Antonio Rollerkiller)
 
Toñín era un niño niñete con años dicisiete que solía ripar con su patinete. Llevaba 2 abriles destrozando bordillos y asustando viejas, más su ilusión era saltarse un camión de kisflistufeki. Soñaba con skateparks de caramelo y con dejarse largo el pelo, pero sus padres no le dejaban y siempre le atormentaban: -Toñín, eres un caso perdido, ¿no te da vergüenza?- le decían. Pero Toñín seguía y seguía, y hacía ollies más grandes cada día.
Toñín Toñete salió un día con su patinete. Estaba de muy mala leche. Grande fue su sorpresa al llegar a la pista. Sus colegas no aparecían y los crujidos de tabla no se oían. -¿Qué coño pasa?- se dijo Toñete. -¿Es acaso el fin del patinete?-. Lo único que allí había eran 20 seres extraños con alineadas ruedas en los pies. Había público en abundancia, más Toñín solo despertaba repugnancia.
Haciendo un alarde de pelotas y huevos Toñete subió a la rampa esquivando las punzantes miradas de aquellos individuos ruediformes.
Toñín babeaba de rabia.
La ocupación de la rampa por parte de aquellos seres rodantes despertaba en él sus más ancestrales instintos de odio y violencia. Y es que no era para menos, pues 4 eran los que a la vez se deslizaban de arriba a abajo y de abajo a arriba en aquellas piedrocurvas encopingadas que Toñín siempre consideró suyas y de su tribu de aggroskaters.
Gracias a las flemas esparcidas por la rampa que a borbotones salían de la boca de Toñín, uno de estos especímenes desconocidos tuvo la suerte de saborear ese delicioso manjar, por todos conocido, llamado coping, dejándose en su acción una preciosa pieza de marfil que más tarde echaría de menos (al sonreir).
Apenado por la pérdida e intentando animar al chaval, Toñín le dijo: -Jódete!!!-, y aprovechando la confusión que flotaba en el ambiente turolero, se lanzó de drop-in no sin antes grindar disimuladamente el occipital de la víctima desdentada.
Toñín su ronda empezó y la atención del público despertó, pues los rurales sonidos de su tabla junto con el vibrar de los copings del psico-spine, se introducían retorcidamente en los sucios y cerosos pabellones auditivos de los allí presentes, causando así un silencio sepulcral en el lugar, únicamente roto por las sonoras emanaciones procedentes de los aggrotrucos de nuestro heroe.
A pesar de la "penosa" pérdida de uno de sus compañeros, los más valientes de entre aquella horda de vándalos dexlizantes y dexcontrolados continuaban ocupando la pista sin control alguno, pues 7 eran los que esta vez intentaban desmoronar los ya bajos ánimos de Toñín, dirigiéndose hacia él a toda velocidad.
Toñín les vió las intenciones y se lanzó hacia ellos (cual águila a ratón), pensando: -a tomar por culo, cabrones-, y a base de movimientos ondulantes y ovaloides logró hacer el snaking más heavy que en su puta vida habían visto aquellos malintencionados seres de polietilenizadas ruedas alineantes o alineadas.
La desgracía se cernía en el ambiente, y Toñín de ello era consciente, sin imaginarse que dentro de poco se llevaría por delante otro incisivo y amarillento diente.
Al ver pista libre y descubierta de fangosos y tremebundos "pies de plástico", no dudó en aprovechar el impulso conseguido en el snakeo anterior para volar de frontside ollie y ya de paso arrancar de cuajo el vecino y segundo diente del agazapado y cuatropatoso pardillo (que aún andaba buscando el otro).
Toñín acabó orgulloso su ronda (y con 2 dientes de recuerdo).
Al ver que las punzantes miradas se habían transformado en amenazadoras, nitroglicerinosas y destructivas, Toñín decidió que irse era la opción más coherente, pues no estaba el horno para bollos. No estaba dispuesto a pillar la del pulpo.
Recogió sus bártulos y entre la frondosa puesta de sol y los alegres cantos de los pajarrakos que revoloteaban por el estanque, dejó volar su repugnante imaginación y pensó que de nada servía aprender nuevos trucos si no le dejaban patinar como Dios manda en su propia rampa.
A partir de ese día, el inocente Toñín Toñete se convertiría en Antonio Rollerkiller, el más salvaje y destructivo skater de esta korrupta ciudad (Karcelona), que cada vez está más y más plagada de manadas de rollers.
Actualmente, Antonio Rollerkiller se dedica a escribir fanzines y repartir pizzas. Pero su objetivo prioritario es tener un collar de dientes de roller.
LA NOTA: en Av. Icaria (Villa olímpica de bcn, se instaló un half-pipe para una demo de rollers y no dejaron patinar a ningún skater)
Por kike y bbc